Benedicto Mitogo
Ya hemos presenciado, una y otra vez,
el sacrificio de jóvenes sacerdotes en Guinea Ecuatorial. No se trata de
metáforas piadosas ni de lecturas espirituales forzadas: hablamos un supuesto envenenamientos,
palizas, muertes violentas. Hablamos de nombres concretos, como el del padre León
Mba Nkogo, cuya muerte sacudió momentáneamente la conciencia colectiva antes de
ser absorbida por el silencio. Y ahora, de nuevo, la historia se repite con el
padre Fortunato. Mismo patrón, misma oscuridad, mismo desenlace sin verdad.
En un país donde la fe ocupa un lugar
central en la vida pública, resulta inevitable formular una pregunta incómoda:
¿Qué significa realmente creer? ¿Qué Dios se invoca cuando la sangre de los
pastores se seca sin justicia, cuando la verdad se negocia, cuando el silencio
se convierte en doctrina práctica? Porque aquí no estamos ante una crisis
puntual, sino ante una deformación profunda de lo religioso y lo político, una
alianza tácita entre poder, miedo y apariencia.
La teología, cuando es auténtica, nace
del escándalo ante la injusticia. El Dios de la tradición cristiana no es un
dios del orden impuesto ni del silencio cómplice; es un Dios que escucha el
clamor de las víctimas. Sin embargo, en el contexto de Guinea Ecuatorial, ese
clamor parece filtrado, domesticado o directamente ignorado. La muerte de
sacerdotes, hombres consagrados precisamente a mediar entre lo divino y lo
humano, debería provocar una crisis eclesial de primer orden. Pero no ocurre.
La reacción institucional es tibia, opaca, cuando no inexistente.
Esto no es solo una falla moral; es un
problema teológico. Porque cuando la Iglesia calla ante la muerte injusta de
los suyos, traiciona su propia razón de ser. La Iglesia no existe para proteger
estructuras ni para administrar silencios: existe para anunciar la verdad,
incluso cuando esa verdad incómoda al poder. Si renuncia a ello, deja de ser
testigo y se convierte en cómplice.
Desde el punto de vista político, el
silencio es aún más elocuente. No hay declaraciones claras, no hay
investigaciones transparentes, no hay voluntad visible de esclarecer los
hechos. El poder, en su forma más cruda, se sostiene no solo por la fuerza, sino
por la gestión del miedo y la normalización de la impunidad. Cuando la muerte
deja de escandalizar, el sistema ha triunfado.
Pero lo más inquietante no es solo la
conducta de las élites políticas o religiosas, sino la progresiva adaptación
social a esta lógica. Se ha instalado una cultura donde lo accesorio ocupa el
centro, donde las redes amplifican lo banal mientras lo esencial se disuelve en
la indiferencia. Figuras mediáticas como Chatina Suarez concentran la atención
pública, no por su relevancia estructural, sino porque encajan en un ecosistema
diseñado para distraer.
Esta inversión de valores no es
inocente. Es funcional. Un pueblo ocupado en lo superficial es un pueblo menos
peligroso para el poder. Y así, lo ridículo se premia, lo serio se margina, y
la crítica se convierte en un acto de riesgo.
Sin embargo, sería demasiado fácil
atribuir toda la responsabilidad a las estructuras. Hay una dimensión ética que
interpela directamente al cuerpo social. El silencio colectivo no es solo
consecuencia del miedo; también puede convertirse en hábito, en refugio Y en
excusa. Y ahí reside una de las tragedias más profundas: cuando la ausencia de
justicia deja de ser una anomalía y pasa a ser parte del paisaje.
¿Qué sienten los padres de esos jóvenes
sacerdotes? ¿Qué significa enterrar a un hijo sin una explicación creíble, sin
un proceso transparente, sin una mínima rendición de cuentas? La teología habla
del escándalo, no como algo trivial, sino como aquello que hace tropezar la fe.
Estas muertes, rodeadas de opacidad, son un escándalo en el sentido más radical
del término: ponen en cuestión no solo la moral de las instituciones, sino la
credibilidad misma del discurso religioso.
Y, sin embargo, desde ciertos púlpitos,
las sectas, inmersas en la ignorancia absoluta siguen señalando al pecador en
el vecino, en el pobre, en quien no pertenece a la comunidad correcta. Se
construyen enemigos morales de baja intensidad mientras se evita confrontar las
injusticias estructurales. Es una inversión peligrosa: se moraliza la periferia
y se absuelve el centro del poder.
La Iglesia en Guinea Ecuatorial parece
haber cruzado un umbral inquietante. Ya no se le exige grandeza, sino algo
mucho más básico: coherencia. Y ni siquiera eso aparece con claridad. La falta
de transparencia ante la muerte de sus propios sacerdotes no es solo una
omisión administrativa; es una herida eclesial que erosiona la confianza de los
fieles y vacía de contenido su autoridad moral.
Desde una perspectiva teológica, esto
plantea una cuestión decisiva: ¿Puede una Iglesia que no defiende la vida
concreta de sus miembros seguir proclamando el valor sagrado de la vida humana?
¿Puede hablar de justicia divina quien guarda silencio ante la injusticia
terrenal? La distancia entre el discurso y la práctica se vuelve entonces
insostenible.
Políticamente, el panorama no ofrece
consuelo. El sistema se reproduce a sí mismo con una eficacia casi mecánica:
silencio institucional, distracción social, ausencia de rendición de cuentas.
No hay sorpresa en ello, pero sí una creciente evidencia de que la
normalización de este modelo tiene un costo humano inaceptable.
La muerte del padre Fortunato como la
del padre León no debería ser un episodio más en una lista que se olvida con el
tiempo. Debería ser un punto de inflexión. Pero para que eso ocurra, es
necesario romper el círculo del silencio. Y ese círculo no se rompe solo desde
arriba; también exige una transformación en la conciencia colectiva.
Aquí es donde el discurso se vuelve
necesariamente incómodo. Porque el pueblo no es únicamente víctima; también es,
en cierta medida, partícipe de esta dinámica cuando acepta, normaliza o desvía
la mirada. El silencio puede ser una estrategia de supervivencia, pero también
puede convertirse en una forma de renuncia.
No se trata de exigir heroísmos
individuales en contextos de riesgo real, sino de señalar que toda sociedad se
define también por lo que decide no decir. Y en ese no decir prolongado, la
injusticia encuentra su mejor aliado.
La provocación final es inevitable: ¿Hasta
qué punto la fe que se profesa es capaz de sostener la verdad que se evita?
¿Qué valor tiene invocar a Dios en un contexto donde la muerte injusta no
encuentra respuesta? Tal vez la crisis más profunda no sea política ni
institucional, sino espiritual: una fe que ha perdido su capacidad de
incomodar, de cuestionar, de exigir.
Pobre Guinea Ecuatorial, donde se habla
abundantemente de Dios y de paz, pero donde la justicia parece siempre
aplazada. Porque al final, más allá de los discursos, lo que queda es una
elección colectiva: seguir habitando el silencio o arriesgarse a romperlo. Y en
esa elección se juega no solo el futuro político del país, sino la verdad misma
de su fe.