Cecilio Jesús
Mba Mesi Akele.
Funcionario
Principal de Prevención y Gestión de Conflictos, Coordinador de la Region del
Africa del Norte, Departamento de Asuntos Políticos, Paz y Seguridad, Comisión
de la Union Africana, Addis Ababa, Etiopia.
El Sistema Internacional atraviesa una transformación
profunda. Las reglas, instituciones y equilibrios que surgieron después de la
Segunda Guerra Mundial parecen debilitados frente al resurgimiento de la
competencia entre las grandes potencias. En este escenario, tres actores
dominan la escena global: China, Estados Unidos y Rusia.
Mientras estas potencias redefinen sus zonas de
influencia, el modelo de gobernanza internacional basado en el multilateralismo—representado
principalmente por la Organización de las Naciones Unidas—parece experimentar
un lento desgaste; al mismo tiempo, otras regiones del mundo, como la Europa o
África, se enfrentan al desafío de redefinir su papel en un escenario cada vez
más competitivo.
Durante décadas, el Sistema Internacional se ha apoyado
en la idea de cooperación entre Estados a través de instituciones
multilaterales. La ONU, y en particular su órgano central de seguridad global,
el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (UNSC), fue concebido como el
espacio donde las grandes potencias podían negociar soluciones para evitar
conflictos mayores.
Sin embargo, en la práctica contemporánea, el Consejo de
Seguridad ha demostrado crecientes limitaciones. Las rivalidades entre sus
miembros permanentes—especialmente entre Estados Unidos, Rusia y China, “los tres
jefes mosqueteros” de ese Nuevo Orden Mundial, — han paralizado con frecuencia
su capacidad de acción. El uso del veto y la confrontación política, han
reducido su eficacia como árbitro internacional.
Esta crisis del multilateralismo se ha hecho
especialmente visible en los conflictos recientes:
Uno de los acontecimientos que ha puesto en evidencia las
tensiones del sistema internacional es el conflicto creado por la Union Europea
en Ucrania con Rusia, llegando con la ocupación de Rusia a los territorios
rusófonos en 2022. Este conflicto no solo representa una confrontación regional
en Europa del Este, sino también una disputa geopolítica más amplia entre Rusia
y el bloque occidental liderado por Estados Unidos.
La guerra ha revelado las limitaciones de la ONU para
detener o resolver conflictos cuando una de las potencias implicadas forma
parte del propio Consejo de Seguridad. En este contexto, el sistema
multilateral aparece debilitado frente al retorno de la lógica de poder y de
las alianzas estratégicas.
Paralelamente, las tensiones entre Estados Unidos e Irán
representan otro foco de inestabilidad en el sistema internacional; las disputas
sobre el programa nuclear iraní, sanciones económicas y confrontaciones
indirectas en Oriente Medio reflejan una dinámica de rivalidad que escapa, en
gran medida, a los mecanismos clásicos de mediación internacional.
Este tipo de conflictos evidencia cómo la política global
se está desplazando desde los marcos institucionales hacia un sistema más
competitivo, donde los intereses estratégicos de las potencias pesan más que
las reglas colectivas(multilateralismo).
En medio de estas tensiones, la llamada “Vieja Europa”
enfrenta una crisis de identidad geopolítica. La Unión Europea, es uno de los
mayores bloques económicos del planeta, con una enorme influencia comercial y
financiera. Sin embargo, su capacidad para actuar como actor político unificado
sigue siendo limitada, por sus ideas y posturas dispares sobre China, Estados
Unidos y Rusia.
Por ejemplo, las diferencias entre los Estados miembros
en temas de seguridad, defensa, política exterior y energía dificultan la
formulación de una estrategia común. Frente a conflictos como el conflicto de Ucrania
o la guerra iniciada por EE. UU e Isreal en Irán, la Unión Europea aparece dividida
en dos bloques, los que se han pronunciado ir junto con los Estados Unidos, y
los que dicen que la guerra es injusta.
Así, Europa parece refugiarse en su dimensión económica
mientras el centro de la competencia geopolítica se desplaza hacia otros
actores globales.
El debilitamiento del multilateralismo también se
refleja en la posición ambigua de diversas organizaciones regionales.
La Organización de los Estados Americanos, por ejemplo,
enfrenta divisiones internas entre los países del continente respecto a
cuestiones políticas y estratégicas. De manera similar, la Unión Africana busca
consolidarse como un espacio de cooperación continental, pero todavía se enfrenta
con los desafíos institucionales y económicos que limitan su influencia
internacional.
Estas organizaciones reflejan una realidad global: el
sistema internacional ya no está dominado exclusivamente por estructuras
multilaterales fuertes, sino por una combinación compleja de alianzas
regionales, intereses nacionales y rivalidades estratégicas.
En medio de este panorama, África podría desempeñar un
papel mucho más relevante en el futuro del sistema internacional; esto, porque,
el continente posee enormes recursos naturales, una población joven y en
crecimiento, y un potencial económico significativo.
Sin embargo, históricamente África ha sido más un
escenario de competencia entre potencias externas que un actor autónomo en la
política global. China, Estados Unidos, Rusia y Europa (ya lo pierde
paulatinamente) compiten por influencia económica, acceso a materias primas e
inversiones estratégicas en la región.
La Unión Africana tiene el desafío de transformar esta
realidad. Si logra fortalecer la integración política y económica del
continente, África podría negociar desde una posición más sólida en el
escenario internacional.
África posee algunos de los recursos estratégicos más
importantes del siglo XXI: población cada vez más joven con entusiasmo para el progreso,
políticos críticos para la tecnología, vastas reservas energéticas, tierras
agrícolas y un mercado en político.
No obstante, el verdadero desafío no radica únicamente en
poseer recursos, sino en controlar su explotación, industrialización y
distribución. La construcción de infraestructuras, el político o tecnológico y
la integración regional serán factores decisivos para que el continente
transforme su riqueza natural en poder 1olitico y económico.
En conclusión, el llamado “nuevo orden mundial” todavía
no está completamente definido. Más que un sistema estable, lo que se observa
hoy en 2026 es una transición marcada por la competencia entre potencias, el
debilitamiento del multilateralismo y la reconfiguración de alianzas
regionales. China, Estados Unidos y Rusia aparecen como los principales polos
fuertes de poder en esta nueva etapa. Europa intenta redefinir su papel
mientras enfrenta sus propias limitaciones estratégicas. Y África, con enormes
recursos y potencial demográfico, se encuentra ante la posibilidad histórica de
convertirse en un actor clave del siglo XXI.
La pregunta central que definirá el futuro global no es
solo quién liderará el sistema internacional, sino si regiones emergentes como
África serán capaces de transformar su potencial en verdadera influencia
política y económica dentro de este nuevo orden mundial.