Benedicto MITOGO
Hay pasados que no pasan. Se instalan en el presente, lo gobiernan y lo deforman hasta convertirlo en una rutina de carencias, silencios y falsas victorias. Guinea Ecuatorial vive atrapada en uno de ellos. Un pasado que se presenta como herencia gloriosa, pero que en realidad funciona como coartada para justificar la mediocridad, la injusticia y la anestesia colectiva.
Sigue sorprendiendo y preocupando la actitud de muchos estudiantes de la
Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial. A pesar de la pésima situación del
país, continúan viviendo engañados por una voz privada del poder, una narrativa
estéril que no ha generado bienestar real desde 1968. Se les ha enseñado a
confundir el progreso con el asfalto, la dignidad con el alumbrado público y el
desarrollo con una casa bonita. Y lo más grave: se les ha convencido de que eso
es suficiente.
Pero cabe preguntarse, sin rodeos: ¿Qué es más difícil, pensar o
reflexionar?
Porque pensar implica riesgo. Pensar es salir del guion, es incomodar, es
romper el aplauso automático. Reflexionar exige tiempo, conciencia y valentía.
Y quizá por eso se ha vuelto sospechoso. En un país donde se puede hablar de
crisis económica o de crisis política según convenga al discurso oficial, lo
verdaderamente alarmante es la crisis de conciencia, especialmente entre
quienes deberían liderar el pensamiento crítico: los estudiantes
universitarios.
¿Cómo se explica esta falta de conciencia?
¿Pensar también está prohibido?
¿Reflexionar se considera un trabajo peligroso?
¿O simplemente se ha vaciado de sentido la palabra “estudiante”?
Ser estudiante no es solo asistir a clases, aprobar exámenes o repetir
consignas. Ser estudiante es cuestionar, analizar, contrastar, dudar. Es
incomodarse y, con ello, incomodar al entorno. Cuando la universidad deja de
ser un espacio de pensamiento y se convierte en un eco del poder, deja de
cumplir su función social.
Basta con valorar el entorno cotidiano para entender la magnitud del
fracaso colectivo. Noches enteras sin luz. Cocinas sin gas. Colegios sin
libros. Niños condenados a la ignorancia antes incluso de aprender a leer.
Hospitales sin medicamentos, donde la esperanza se administra con resignación.
Supermercados que exportan alimentos caducados. Vagos elevados a profetas.
Sacerdotes y obispos que adoran más al poder civil que a la verdad. Madres
desamparadas. Una nación dirigida desde Twitter e Instagram mientras en la vida
real faltan el agua, la electricidad y lo más básico para una existencia humana
digna.
Ante este panorama, la pregunta es inevitable:
¿En qué piensan los estudiantes?
¿Cuáles son sus debates?
¿Qué les preocupa realmente?
La distracción es siempre la misma y responde a una estrategia antigua:
crear un problema social y luego presentarse como el salvador. Mantener a la
población ocupada en la supervivencia diaria en la búsqueda desesperada de gas,
de luz, de comida impide pensar. Nadie reflexiona cuando está agotado. Nadie
cuestiona cuando tiene miedo. Nadie planifica cuando vive al límite.
Esta es una política heredada del siglo pasado, pero que sigue definiendo
la realidad tangible de Guinea Ecuatorial. No se gobierna para liberar, sino
para administrar la dependencia. No se educa para pensar, sino para obedecer.
No se informa, se adormece.
Y entonces surge otra pregunta incómoda:
¿De qué sirvió la independencia?
Si medio siglo después seguimos peor que antes. Si glorificamos al opresor
y condenamos al inocente. Si hemos aprendido a aplaudir al verdugo y a
silenciar a la víctima.
Un pueblo que, cincuenta y siete años después, sigue mendigando una vida
moderada. Sigue mendigando luz, agua, gas, educación, salud, dignidad. Sigue
mendigándolo todo. Y lo más doloroso: ha empezado a mendigar también el
pensamiento.
La independencia no es un acto histórico congelado en 1968; es un proceso
continuo que se renueva cada día en la conciencia de su gente. Cuando esa
conciencia duerme, la independencia se vacía de contenido y se convierte en un
simple aniversario oficial.
Por eso, este no es solo un reproche, es una llamada. Una llamada urgente a
los estudiantes de la UNGE y a todos los lectores: pensar es una
responsabilidad histórica. Reflexionar no es un lujo intelectual, es una
necesidad moral. Callar, en este contexto, no es neutralidad; es complicidad.
El país no necesita más discursos vacíos ni más obras cosméticas. Necesita
ciudadanos críticos, estudiantes despiertos, jóvenes que entiendan que su papel
no es repetir consignas, sino cuestionarlas. Que comprendan que el verdadero
desarrollo no se mide en cemento, sino en conciencia. Pensar no debería ser un
acto heroico.
Pero hoy, en Guinea Ecuatorial, pensar es un acto de rebeldía. Y toda rebeldía
comienza con una pregunta.
La tragedia de Guinea Ecuatorial no es únicamente política ni económica;
es, sobre todo, intelectual y moral. Un país no se hunde cuando escasea el gas
o la electricidad, sino cuando se normaliza la falta de pensamiento. Cuando la
mentira se vuelve cómoda y la verdad incómoda. Cuando el silencio es premiado y
la conciencia castigada.
Los estudiantes, llamados históricamente a ser la voz crítica de la nación,
han sido reducidos a espectadores de su propia ruina. No porque les falte
inteligencia, sino porque se les ha entrenado para no usarla. Se les ha
enseñado a celebrar migajas, a confundir la obediencia con madurez y la
sumisión con estabilidad. Así, la universidad deja de ser semillero de ideas
para convertirse en un espacio de repetición y miedo.
La independencia prometió dignidad, pero produjo dependencia. Prometió
soberanía, pero entregó pensamiento tutelado. Prometió futuro, pero heredó un
presente agotado. Y mientras se glorifica un pasado manipulado, el país sigue
estancado en una pobreza que no siempre es material, sino profundamente mental.
Un pueblo que no piensa es fácilmente gobernable. Un estudiante que no
reflexiona es fácilmente utilizable. Por eso no se teme a la pobreza, se la
administra. No se teme a la ignorancia, se la reproduce. No se teme al
silencio, se lo cultiva.
Guinea Ecuatorial no está en crisis: está detenida. Detenida en el tiempo,
en el miedo y en la repetición de un relato que ya no convence, pero que
todavía paraliza. Y mientras tanto, generaciones enteras pasan por la
universidad sin dejar huella, sin preguntas, sin memoria, sin responsabilidad
histórica.
El verdadero fracaso no es no tener luz, gas o medicamentos. El verdadero
fracaso es haber aceptado que pensar no sirve para nada. Porque cuando un país
llega a ese punto, ya no necesita cadenas: se vigila solo. Y esa es, quizá, la
victoria más cruel del poder sobre su pueblo.