Benedicto Mitogo
En los últimos tiempos, el pueblo de Guinea Ecuatorial ha
sido testigo de una realidad cada vez más difícil de esconder: la falta de
empleo. Una crisis que no solo afecta la economía del país, sino también el
ánimo y la esperanza de miles de jóvenes que, día tras día, buscan una
oportunidad para salir adelante.
La reciente escena vivida en la ciudad de Bata, durante
el proceso de reclutamiento del personal para el nuevo hotel, ha dejado una
huella profunda en la memoria colectiva. Cientos de personas se agolparon con
la ilusión de conseguir un puesto, una oportunidad, aunque fuera mínima.
Aquella multitud no era solo una fila de aspirantes; era el reflejo de un país
entero que clama por trabajo, por dignidad y por un futuro mejor. Resultaba
doloroso ver a jóvenes preparados, madres y padres de familia, todos con la
misma esperanza en los ojos: ser elegidos. Fue una escena nostálgica y triste,
que debería hacernos reflexionar a todos.
Mientras tanto, las prioridades del gobierno parecen ir
por otros caminos. Se escuchan discursos sobre derechos humanos y acuerdos
internacionales que, en teoría, buscan mostrar al mundo la buena voluntad del
país. Sin embargo, resulta desconcertante ver cómo se ofrecen recursos y
atención a asuntos ajenos, mientras la propia población vive al límite. Se
habla de acoger a presos que otros países, como Estados Unidos, no quieren en
su territorio, bajo el argumento de la solidaridad y la defensa de los derechos
humanos. Pero, ¿Quién vela realmente por los derechos de los
ecuatoguineanos que no tienen empleo, que luchan para pagar los alimentos o que
ya no pueden comprar siquiera un saco de cemento para construir su casa?
La vida se ha vuelto cara, demasiado cara. Los precios de
los alimentos se disparan, los jóvenes terminan los estudios sin esperanza de
encontrar trabajo y la frustración crece en cada rincón del país. La gente
llora en silencio, resignada, mientras ve cómo los sueños se marchitan poco a
poco. Es triste reconocerlo, pero parece que complacer a los grandes poderes
extranjeros se ha vuelto más importante que cuidar de la propia ciudadanía.
No
llegan empresas que creen empleos. No llegan inversiones que impulsen la economía. No llega el cambio que
tanto se promete en los discursos oficiales. Lo que sí parece llegar son más
acuerdos y más promesas vacías que solo se firman ante las cámaras de
televisión, para después caer en el olvido. Y ahora, como si fuera poco, se anuncia
la posible llegada de presos extranjeros para “reinsertarlos” en la sociedad. Es
inevitable preguntarse: ¿qué beneficio trae eso para el pueblo? ¿Acaso no tenemos ya suficientes problemas que resolver
dentro de nuestras propias fronteras?
Durante más de medio siglo, se ha repetido la misma
estrategia: alimentar la ilusión de un futuro próspero, mientras la realidad
sigue igual o peor. Se culpa al pueblo de su propio sufrimiento, como si la
falta de oportunidades fuera un defecto personal y no el resultado de un
sistema que no funciona. Sin embargo, el pueblo no es culpable. El pueblo es
víctima de un abandono que se ha vuelto costumbre.
La verdadera solidaridad empieza por casa. La caridad,
dicen, comienza por uno mismo. Antes de extender la mano al extranjero, debemos
mirar al vecino que no tiene qué comer, al joven que no encuentra trabajo, a la
madre que ya no puede pagar el arroz o el aceite. Porque ayudar a los demás no
tiene sentido si en nuestro propio hogar reina la miseria y la desesperanza.
Guinea Ecuatorial tiene todo para salir adelante:
recursos naturales, talento joven, y una historia que demuestra que el pueblo
ecuatoguineano es fuerte y trabajador. Pero para lograr un cambio real, es
necesario mirar hacia adentro, escuchar el clamor de la gente y actuar con el
corazón. No se trata solo de firmar acuerdos, sino de cumplirlos; no se trata
solo de hablar de derechos humanos, sino de vivirlos, empezando por los
nuestros.
Hoy, más que nunca, el país necesita esperanza, pero una
esperanza acompañada de hechos, no de discursos. El día en que las autoridades
pongan como prioridad el bienestar de su pueblo, ese día, la multitud frente a
un hotel no será una imagen de desesperación, sino una muestra de prosperidad
compartida. Hasta entonces, seguimos esperando… con fe, con tristeza, pero
también con la esperanza de que un nuevo amanecer sea posible para todos los
ecuatoguineanos.