Benedicto Mitogo
El libro Milang, escrito por Rosendo Elá Nzué, es una de esas joyas culturales que hoy parecen haberse desvanecido de las bibliotecas de Guinea Ecuatorial. No es un simple libro, sino un testimonio de cómo la literatura puede servir para conservar la memoria y la identidad de un pueblo. Desde los primeros momentos tras la firma de la independencia, Rosendo se convirtió en un verdadero pionero: utilizó la lengua española y sus reglas gramaticales para dar forma escrita a los cuentos tradicionales guineoecuatorianos. De esta manera, logró que esas historias orales, transmitidas durante siglos de generación en generación, quedaran documentadas y pudieran ser aprendidas por los niños y jóvenes del futuro.
El valor de esta obra es
inmenso. No solo fue un libro de cuentos, sino una pieza clave dentro de la
construcción intelectual y cultural del país. En un momento en que Guinea
Ecuatorial atravesaba las transiciones políticas y la consolidación de las repúblicas,
las autoridades no consideraron oportuno volver la mirada hacia estas
experiencias culturales tan valiosas. Se prefirió dar la espalda al saber
ancestral y apostar por visiones modernas, muchas veces superficiales, que nada
tenían que ver con las raíces de nuestra gente.
Lo que ocurrió con Milang
y con la figura de Rosendo es, en el fondo, un reflejo de una intención más
amplia: borrar el pasado glorioso de las verdaderas figuras que marcaron la
cultura local. En lugar de reconocerlas y rescatarlas, se adornó el presente
con símbolos importados, sin sentido ni significado para nuestra realidad. Un
ejemplo claro es el llamado “Quijote Bantú” colocado en la glorieta de
la UNGE en Malabo. Pretender explicar a un guineano esa figura ajena es, en
efecto, ridículo. Guinea nunca ha tenido un Quijote; lo que ha tenido son
narradores, trovadores y guardianes de la memoria como Eyi Moan Ndong, Rosendo
Elá Nzué y muchos otros representantes de las distintas culturas nacionales.
Cuando acudimos hoy a las
bibliotecas nacionales del país, no encontramos Milang. En su lugar,
vemos libros superfluos, obras sin importancia que glorifican a determinados
líderes o que se dedican a ensalzar ideologías pasajeras. Es una literatura
pobre, con poco rigor artístico y aún menos valor científico, que no logra
transmitir ni educar. En cambio, si se volviera la vista hacia Rosendo, sería
un gesto de reconocimiento y respeto hacia quien supo educar a través de los
cuentos tradicionales, siempre cargados de moralejas y enseñanzas.
Los niños de aquella
época se nutrían de esos relatos. Aprendían valores, descubrían su cultura y
desarrollaban un pensamiento propio. Volver a los cuentos de Rosendo no sería
un retroceso, sino un verdadero renacimiento cultural. No se trataría de enaltecer
a figuras políticas del presente, sino de volver a las raíces, de conocer las
fuentes de nuestro pensamiento y de rendir homenaje a quienes hicieron posible
que esa herencia llegara hasta nosotros.
Resulta doloroso pensar
que, en la glorieta de Malabo, aparezca un Quijote ajeno a nuestra historia en
lugar de la figura de Rosendo Elá Nzué. Es un error cultural, un gesto vacío
que nada tiene que ver con la identidad guineoecuatoriana. La presencia de ese
Quijote no representa nuestra memoria ni nuestras luchas; representa, más bien,
la imposición cultural de otros.
El problema no es solo
que Europa haya dejado huellas de neocolonialismo en África. Lo más grave es
que somos los propios africanos quienes muchas veces abrimos las puertas a esa
imposición, quienes colocamos símbolos extranjeros en el corazón de nuestras
ciudades para recordar, sin quererlo, la presencia de las antiguas metrópolis.
El Quijote Bantú de la UNGE es exactamente eso: un símbolo español instalado en
Malabo como si fuese parte de nuestra cultura, cuando en realidad no lo es.
Es vergonzoso. Guinea
Ecuatorial nunca ha tenido un Quijote. Lo que sí ha tenido, y lo sigue
teniendo, son pensadores, narradores y creadores que han sabido transformar las
lenguas nacionales en expresiones de sabiduría. Desde los cuentos orales hasta
las obras escritas, nuestra tierra ha producido voces propias que merecen ser
reconocidas.
Por eso, más que mirar
hacia fuera, debemos partir de nuestros propios elementos culturales para crear
un verdadero renacimiento. Guinea no necesita imitar a nadie ni copiar símbolos
que no le corresponden. Necesita rescatar su memoria, sus cuentos, sus canciones,
sus proverbios y su forma particular de ver el mundo. Esa es la base para
construir un futuro sólido en todos los ámbitos: cultural, educativo, político
y social.
Recordar a Rosendo Elá
Nzué y su obra Milang es mucho más que un ejercicio de nostalgia. Es
un acto de justicia cultural. Significa devolver al pueblo la dignidad de su
literatura, reconocer que nuestros antepasados ya habían pensado, escrito y
transmitido ideas profundas mucho antes de que se intentara imponer lo
extranjero como lo único válido. Significa, también, reconocer que la
literatura guineoecuatoriana no nació para adular a líderes ni para rendir
homenaje a ideologías importadas, sino para educar a través de la tradición y
para mantener viva la identidad.
El camino hacia el
renacimiento cultural de Guinea Ecuatorial no se construye con estatuas ajenas
ni con libros sin alma. Se construye recuperando obras como Milang,
rescatando a narradores como Eyi Moan Ndong, reivindicando a los autores que
pusieron su talento al servicio de la comunidad. Solo así se logrará que las
futuras generaciones conozcan su verdadero pasado y encuentren en él la fuerza
para construir su propio futuro.