Silvia Teresa
La violencia en
Malabo ya no se esconde. Esta vez, ha cobrado una vida más. María Dolores
Anguesomo. Según los testigos, recibió al menos cinco balazos por parte de un
examante de toda la vida. Un crimen atroz, brutal y profundamente condenable;
ahora por la inseguridad ciudadana, la ciudad llora la pérdida de una madre,
amiga y vecina.
Este hecho no es
aislado. Es reflejo de una ola creciente de violencia que mantiene a la
población en estado de alerta permanente. El miedo ya no aparece solo de noche.
A plena luz del día, caminar por barrios como Santa María, Ela Nguema o Basupú
se ha convertido en un riesgo constante.
Jóvenes armados
con cuchillos o botellas rotas atacan a transeúntes sin piedad. Roban
teléfonos, bolsos o simplemente agreden para infundir terror. La inseguridad ha
dejado de ser una sensación para convertirse en una realidad cotidiana.
Los estudiantes
universitarios figuran entre los más afectados. Volver a casa después de las clases
sobre las 21h, se ha transformado en una carrera contra el miedo. La falta de
iluminación y de vigilancia policial hace aún más peligrosos los trayectos.
Muchos relatan cómo cada sombra y cada ruido los obliga a estar en alerta.
Frente a este
clima de inseguridad, la población exige respuestas. Más patrullas. Más
vigilancia. Más presencia. No quieren promesas, quieren soluciones visibles.
Quieren prevención, no solo reacción cuando ya hay víctimas.
El miedo no
puede seguir siendo parte de la rutina diaria. Malabo necesita recuperar su
tranquilidad. Las familias deben poder caminar sin mirar atrás. Los estudiantes
deben salir de clase sin temer por su vida.
Una ciudad no
puede vivir con el corazón en un puño. Malabo, llena de vida e historias, no
debe seguir silenciada por la violencia.