Cipriano Camacho Bakale A.
En las calles, en las redes sociales y hasta en las aulas, se percibe un fenómeno alarmante que debería encender nuestras alertas como sociedad. La velocidad con la que nuestra juventud vive y se autodestruye. La llamada “Generación Z”, jóvenes nacidos entre 1997 y 2012, parece sumida en una cultura de excesos, donde el tabaco, las drogas y el sexo sin responsabilidad han dejado de ser prácticas marginales para convertirse en costumbres normalizadas e incluso celebradas.
La
frase “vivir el momento” ha sido tergiversada. Para muchos jóvenes, significa
fiestas interminables, consumo de sustancias sin conciencia, relaciones
sexuales desprotegidas y una desconexión profunda de los valores esenciales. No
se trata de un juicio moral, sino de una advertencia desde la salud pública,
desde el futuro que estamos perdiendo, desde la dignidad humana que se está
desdibujando. Si sumamos también con la homosexualidad, todo se convierte en un
caos total.
La
inspiración para este artículo surgió durante una caminata vespertina junto a
mi compañero de profesión y amigo, Leo. Mientras conversábamos, nos cruzamos
con un grupo de jóvenes que, entre risas y miradas perdidas, fumaban y bebían
alcohol en plena vía pública. Lo que más nos impactó no fue solo la escena en
sí, sino el lenguaje que usaban; expresiones en jerga como “rang”, referida al
acto sexual, salían de sus bocas como si se tratara de un simple juego. Aquello
fue un reflejo crudo y directo de lo que está ocurriendo a plena luz del día.
Una juventud que normaliza comportamientos autodestructivos sin medir sus
consecuencias.
Aunque
las estadísticas oficiales pueden no reflejar del todo la magnitud del
problema, basta con observar nuestro entorno: adolescentes con adicciones antes
de cumplir 20 años, embarazos precoces, enfermedades de transmisión sexual y
una creciente frustración vital. ¿Cómo hablar de esperanza de vida si el estilo
de vida que han asumido conduce, silenciosamente, hacia una muerte prematura?
No
es alarmismo. Es una posibilidad real: si no se redirige el rumbo, esta
generación podría no llegar a los 30 años en plenitud. Y la responsabilidad no
recae solo en los jóvenes. También pesa sobre los adultos que callan, sobre las
escuelas que evitan hablar de afectividad y valores, sobre un sistema que no
ofrece alternativas sanas ni oportunidades reales de realización personal.
Urge
una conversación nacional. Urge incluir la educación sexual y afectiva en las
aulas. Urge implementar programas de prevención serios, abrir espacios de
diálogo intergeneracional y apostar, desde las políticas públicas, por una
juventud con futuro. No podemos permitir que una generación tan llena de
potencial se pierda entre humo, noches vacías y promesas rotas.
Las
consecuencias ya están aquí, las muertes inexplicables que por "atrevidos" se atribuimos a la
brujería, pulmones contaminados antes de tiempo, ETS que atacan sin piedad, y
una incertidumbre que nos ahoga cuando ya es tarde para prevenir.
"La juventud no es un tiempo de la vida, es un estado del espíritu", decía Samuel Ullman. Pero ese espíritu necesita guía, cuidado y propósito. Siempre he sido crítico con mi sociedad porque amo lo que podría llegar a ser. La “Generación Z” merece algo mejor. Pero también debe elegirlo.