Ruanda enfrenta una creciente presión internacional por su papel en el conflicto en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Sin embargo, más allá de llamados a la moderación y amenazas de sanciones, la comunidad internacional sigue sin tomar medidas concretas. Esta pasividad revela el estatus casi intocable del presidente ruandés, Paul Kagame.
¿Kagame ha
conocido alguna vez la paz? Escuchándolo hablar, da la impresión de que nunca
ha dejado de librar la batalla que comenzó hace más de tres décadas. Como
refugiado tutsi en Uganda, tomó las armas en 1990 para derrocar al régimen
genocida hutu en Kigali, logrando su objetivo cuatro años después. Desde
entonces, ha convertido la seguridad y la estrategia militar en los pilares de
su liderazgo.
Aunque es un
maestro en el arte de la evasión y la ambigüedad, Kagame ya no puede desmentir
las pruebas que lo vinculan con los rebeldes del Movimiento 23 de marzo (M23),
quienes el 27 de enero tomaron Goma, capital de Kivu del Norte en la RDC. En
una entrevista con Jeune Afrique publicada el 12 de febrero, el
mandatario ruandés reconoció la implicación de su gobierno en la crisis
congoleña, aunque evitó admitir el respaldo directo al M23.
Días antes, en una entrevista con CNN, se mostró evasivo al ser cuestionado sobre la presencia de sus tropas en territorio congoleño, afirmando que no estaba seguro de si sus soldados estaban en la casa de su vecino. Su respuesta no solo elude responsabilidades, sino que también refleja la impunidad con la que opera en la región.
Mientras la violencia persiste y miles de personas son desplazadas, la falta de acciones contundentes por parte de la comunidad internacional refuerza la sensación de que Kagame sigue moviéndose con total libertad en un tablero geopolítico donde las condenas verbales rara vez se traducen en consecuencias reales.
Bernardino Ndze Biyoa